Ayer decía durante la charla que daba a seis parejas, que antes del matrimonio ambas partes, durante el proceso de enamoramiento, muestran lo mejor de sí o dan una imagen distinta de lo que en verdad son, después de la boda las cosas cambian a veces a tal grado que el hombre o la mujer a quién decíamos conocer "como la palma de mi mano" resulta un(a) completo(a) desconocido(a). No importa si se conocen desde adolescentes porque fueron vecinos o estudiaron en el mismo colegio, o porque se conocieron en la universidad, o en la oficina, o apenas hacen meses, todos afirman que se conocen lo bastante como para casarse. es decir no es el tiempo que llevan de conocerse lo que les va a permitir hacer vida en común, convivir.
Entre los atractivos que se esfuman después de consumado el matrimonio está precisamente el romanticismo, la ilusión. Ese halo luminoso que acompaña a la pareja desde que simpatizan hasta que se casan frente al representante civil o al sacerdote. Les contaba que una joven recién casada me decía que cuando hizo el reclamo correspondiente a su esposo, este sin más ni más le contestó: "Pero si ya nos casamos, ya no es necesario todo lo demás". De la noche a la mañana su pareja era otra persona. Le decía que tal vez ella no había visto al verdadero hombre que era porque la ilusión la había cegado, comenzamos a examinar actitudes anteriores y en efecto encontramos que ella, llevada por esa ceguera momentánea, sólo miraba el lado que ella quería ver, y que en su fuero interno pensaba que el iba a cambiar, que ella tendría la capacidad suficiente para lograr este cambio. Craso error, cada persona es como es. No hay posibilidad alguna de cambio, de lo que podemos hablar es de mutuas concesiones, de una amistosa persuación.
Claudia, una de las asistentes lleva quince años de casada civilmente y han decidido casarse ante la iglesia. Ella contaba que eso no ocurría con ella y que hasta su hijo tenía delicadezas como el de llevarle un chocolate o un caramelo y que solía decirle "esto es para tí", que ella creía que era porque veía a su padre tratarla con cariño, respeto, consideración. Su rostro resplandecía cuando narraba estos detalles que la hacían feliz. Nos dijo que ellos habían hecho un proyecto de vida que estaban construyendo día a día. En efecto, son detalles que le alegran el día y hacen sentir bien pero a la vez ambos quieren alcanzar una meta: ser un matrimonio bien avenido, dar a su hijo un hogar y disfrutar, como familia, del cariño de los abuelos, tíos, primos, amigos de ambas partes. Personas sencillas, con una visión clara, madura, de qué es lo que esperan de sí mismos y qué quieren dar a su hijo. Una lección de vida que nos dice que el matrimonio es un proyecto de vida en común en el que ambas partes ponen de sí para hacer feliz al otro.
¿Tú, qué piensas acerca de lo que realmente debe ser un matrimonio? ¿Tal vez caminar en paralelo, hacer el camino juntos sin renunciar a su identidad, al desarrollo como ser humano; hacia el cual debemos tender todos para beneficio de esta nueva empresa que acometemos cuando contraemos lazos matrimoniales, beneficios que alcanzarán a los hijos que se procreen, desarrollo personal que creará para la familia un ambiente cálido, excento de frustraciones, de recriminaciones o que pese a estas siga adelante y supere las tempestades como buen navegante?
Te dejo las preguntas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario